Valencia en Fallas
Valencia, 17 marzo 2025
Andrés Izquierdo
En marzo de 2016 viví mis primeras Fallas en Valencia. Antes había oído de esta fiesta valenciana. Me lo habían descrito muchas veces, y por mucho que se esmeraron en relatármelo con lujo de detalles, nunca pude imaginar la magnitud ni la esencia de esta celebración. Hoy me avergüenzo de haber criticado neciamente las Fallas, juzgando este acervo desde mi enfoque pragmático y comparándolo equivocadamente con otras fiestas en Suramérica, llegando hasta equipararlo a las fiestas de carnaval. Mare meua!
Mi primera lección me la llevé cuando ingenuamente dije frente a unos valencianos algo sobre el “disfraz” de fallera. Con la mejor educación y respeto que pudieron, me dejaron claro que el traje de fallera no es un disfraz.
Pensé, y esto ya ni lo dije para no volver a meter la pata, que lo que hacían las falleras era un simple postureo, que no había ningún arte en ellas mismas, sino en los artesanos que las habían vestido, peinado y maquillado. En disfrazarse, exhibirse y desfilar no veía ningún mérito ni talento, concluyendo que las Fallas de Valencia eran una fiesta frívola, dispendiosa y la excusa perfecta para dejar de trabajar un par de semanas más al año.
Hizo falta vivir 10 Fallas, hasta 2025, para poder medio entender el significado de estas fiestas. A mediados de este período, me inspiré para publicar un sentido tweet en el que puse: “El día que a los valencianos ‘nos’ quiten las Fallas, seremos un chino más”. Sí, he puesto “nos”, porque mi familia y yo hemos hecho de Valencia nuestro nuevo hogar.
Hoy lo veo todo diferente, he conseguido emocionarme ante la Ofrenda a la Virgen. En este acto he compartido lágrimas y mocos con las ancianas, niños, mujeres guapas y feas, hombres de todos los pueblos de la provincia, familias enteras y gente común. He conseguido llegar a la Plaza de la Virgen a empujones, con lluvia y frío, aparcando lejos, orinándome, pero gratificado al final por ver la devoción de todo un pueblo hacia los símbolos espirituales que le dan sentido a su arraigo y a su existencia.
Las falleras no se disfrazan, se sumergen en una vivencia, encarnan una inveterada tradición, se expresan a través de su imponente y fascinante presencia. Se involucran en cada detalle de sus trajes, hablan de ello todo el año, se lo toman muy en serio, le dedican valiosos recursos, los atesoran en casa hasta que se mueren de viejas, involucran a sus hijas desde la más temprana edad. No importa si no son guapas, no va de eso. Lo que importa es revivir cada año el gentilicio de una tierra privilegiada de gente luchadora y esencialmente buena.
Al principio me molestaron los petardos día y noche; ahora, veo niños ilusionados desafiando al fuego controlado, palpitando con la traca e inhalando el victorioso aroma de la pólvora quemada. Sus caras felices, sus sonrisas y su actitud de vencedores, cada vez que explotan un cohete. Llevan orgullosos sus cajitas de madera con el tesoro pirotécnico, y en sus manitas cogen esa poderosa mecha que soplan con destreza para que no se les apague.
Hace 10 Fallas veía con rechazo la quema masiva de todas las esculturas, que tanto trabajo dinero e inspiración costaron a los falleros y contribuyentes. Me horroricé cuando me enteré que los gobiernos locales gastaban dinero de los contribuyentes en monumentos y pirotecnia que acabarían reducidos a cenizas. Hoy entiendo que, como tantas otras cosas del reino (guerra de tomates, correr delante de los toros bravos, levantar piedras por deporte, etc…) la cremá de las Fallas tiene su sentido, significado y propósito. Las que más me gustan, las contemplo con fascinación y adueñamiento porque sé que mañana ya no estarán. Se quema todo, se limpia todo, y vuelta a empezar. No se atesora (salvo al Ninot Indultat que va a un museo donde todos podrán disfrutarlo para siempre). El poder purificador del fuego cierra un ciclo, dando paso a la renovación. No me imagino el tamaño del almacén si tuviésemos que guardar las esculturas todos los años, o lo aburrido que sería si tuviésemos que repintarlas y volver a exhibirlas todos los años.
Originalmente vi las mascletás y los castillos como un derroche pagano, peligroso, ruidoso, contaminante, hostil a la fauna urbana y a los vecinos no falleros. Hoy, no quiero perderme ninguna, me voy dos horas antes para coger un buen sitio y disfrutar de la multiculturalidad, así como los primeros cohetazos de los 10 y los 5 minutos antes, que ya anuncian que la traca va a estar gorda. Cuanto más cerca mejor, que las explosiones me despeinen (aunque estoy casi calvo), que me caigan encima restos de petardos y cenizas, empujarme con la gente para que no me tapen la vista, inhalar humo y químicos que no se ven por televisión. Sentir el suelo vibrando bajo tus pies, en tiempos de paz, no tiene precio. Y ya ni hablar de la fallera mayor y la fallera infantil autorizando en coro: “Senyor pirotècnic, pot començar la mascletà".
Me quedo con la sabrosura de caminar detrás de la alegre música de bandas por las calles de los pueblos y ciudades valencianos, con el buen rollo que contagia a todos en Fallas, con los niños que van detrás de los tamborileros imitando la percusión, inequívoca señal que lo harán tan pronto puedan con el tambor, conservando así por generaciones la emoción y la alegría de consolidar una vez al año ese pegamento que une y empodera a un pueblo, dándole una identidad y un fin común. Me quedo con la emoción que siento al contemplar la imponencia de una fallera impecablemente ataviada, aunque no cante ni baile ni declame ni hable ni haga nada. Ya me conformaría con que solo me mirase. Me quedo con el colorido y la genialidad de los artistas falleros y sus colosales creaciones, con la cañita y los churros en el casal, con los turistas aprovechando las cervezas a 1 euro, llevando pañoletas, boinas, baratijas asiáticas y meándose en todos los árboles de Ruzafa. Me quedo con el compartir de la peña fallera en los casales durante todo el año, sus comidas, sus anécdotas, su hablar en valenciano y la hermandad que se construye entre vecinos.
Vi el luto, la desolación, la incredulidad y la negación en el pueblo cuando la pandemia, en marzo de 2020, dio al traste con las Fallas. Pero como no podía ser de otra manera, en septiembre del mismo año se celebraron ex tempore, con calor y mascarillas, pero más sentidas que nunca.
Esta es mi opinión de hoy, a reserva de que en 10 años vuelva a escribir como fallero mayor (mayor por lo viejo).
FIN.