Valencia
11 de abril de 2025.
Andrés
Izquierdo.
Apenas son las
10 de la mañana y ya han intentado hacerse con mi dinero por lo menos 10
vendedores. En el móvil, en las redes, en las aplicaciones de mi ordenador, en
las vallas y autobuses de camino al trabajo, en la radio, en la tele, por
teléfono y tocando la puerta de mi local. Gasto más tiempo del que quisiera
rechazando cortésmente a todo el que viene a venderme algo. Me encanta comprar,
no que me vendan. Quiero tener derecho a comprar solo lo que necesito y donde
yo quiera. Me agobia esa sensación de que todo el mundo viene a por mi dinero,
primero el gobierno, después los vendedores y hasta los ladrones (a veces
difícil de diferenciar entre esas tres categorías). Ya no solo se conforman con
sacarme lo que tengo en los bolsillos, sino también lo que voy a tener. ¡Disfrute
ahora y pague en navidad! ¿Te suena?
Esta mañana he
tocado fondo, algún “bienintencionado” empleado del BBVA programó el envío de una
notificación, en el que se me informa: “Posible saldo insuficiente. Puede que
en un par de semanas no tengas saldo suficiente para tus próximos cargos”. Yo agradezco que alguien haya pensado que es
bueno que yo recuerde poner dinero en mi cuenta para que puedan realizarse
cargos que deberé dentro de un par de semanas. Si debo, tengo que pagar, eso
está claro. Pero que me estén machacando con lo que deberé dentro de dos
semanas, es un ejemplo de esa cultura que normaliza el perverso acoso económico
al que todos acabamos sucumbiendo y aceptando.
La pregunta es
¿quiénes son “ellos”? ¿Quién está detrás del sistema? ¿Quién diseña y ejecuta
ese sistema deshumanizante y esclavizante que nos hace empeñarnos hasta perder
la salud física y mental, intentando como caballos coger la zanahoria que
cuelga de la caña? No es George Soros ni los ideólogos de BlackRock ni la OMC
ni nadie en particular. No hay un solo responsable. Es el constructo social que
entre todos hemos creado. Cada uno en su medida ha puesto su granito de arena
para que la sociedad practique, la mayoría de las veces de forma inconsciente,
esa carrera circular infinita de “trabajar – ganar – gastar”, y peor aún, la
alteración maluca de la fórmula, que degenera en “gastar – trabajar – ganar”. Hay
quienes, por su capacidad de influenciar, tienen más responsabilidad que otros,
pero al final todos hemos creado y perfeccionado el sistema socioeconómico que
nos jode la vida a casi todos. Cuando le digo a un amigo que no tiene moto: “vente
con la peña a viajar este verano”, lo hago desde el cariño y la buena
intención, pero, sin quererlo, estoy sumando un elefante más a la tela de araña.
A partir de ahora ese amigo tiene una nueva “necesidad”. En efecto, necesita
una moto y un carnet para viajar con la peña. Como no tiene dinero para satisfacer
esa “necesidad”, se endeuda porque él se merece ese viaje, entrando así, sin
darse cuenta en el perverso bucle de la zanahoria. Y ya está, ese fue el
gramito de caca que sumé a la vida de mi amigo, así formé parte de ese juego
que no quiero jugar.
El rico
tampoco se salva, también lo crujen, lo roban y lo persiguen, lo que pasa es
que éste siempre tiene de dónde tirar; y al pobre lo mismo, pero como éste no
tienen nada que quitarle, más bien se conforma con lo que la sociedad le de en
caridad. Si estás realmente jodido, te ayudo, si estás fuerte, te obligo a
compartir: esa es la lógica, y suena bien, pero en el medio está el currante
que sufre lo peor de dos mundos. No carece de tanto, que le tengan ayudar, ni tiene
tanto que no le importe que lo esquilmen. Bendito el que sea capaz de generar
más riqueza de la que necesita, de tal forma que pueda ayudar a sobrevivir a
otro que vino al mundo discapacitado. Bendito el sentimiento colectivo de que
hay que auxiliar al que está jodido.
La publicidad
engañosa, las cláusulas abusivas, la manipulación de la información, las
modelos flacas, la creación de necesidades ficticias, la necesidad de
aceptación social, la corrupción, la falta de valores, más una larga lista de
factores, entretejen un sistema socioeconómico que crea modelos de vida,
trabajo y hasta presencia personal, a los que todos quieren acceder. Es lo que
hay, es la sociedad en la que vivimos, e irá a peor. Si quieres formar parte de
ella, aunque no te guste, tienes que adaptarte porque ¡adivina qué!: a la
sociedad no le gustan los antisociales. La sociedad no tolera que sus miembros se
escaqueen, que no colaboren, que hagan ruido, que hablen muy fuerte o bajito, se
vistan feo o no se vistan, hablen de más o hablen de menos, te vean mucho o no
te vean, no paguen impuestos, lleguen tarde o muy temprano, en fin, hay un
canal o franja de códigos sociales no escritos, por la que todos debemos pasar
sí o sí, si no queremos acabar ninguneados, arruinados, encarcelados o muertos.
Nadie diseñó la
sociedad, ni siquiera los filósofos griegos, la sociedad tiene vida propia y se
rediseña a sí misma permanentemente, es como un monstruo cuyas células son las
personas, siendo unas como las células óseas, que se llevan toda la carga,
sobre las cuales se sustenta todo, y otras como células cerebrales, que dirigen,
controlan y medran. De ese monstruo todos somos parte y presa a la vez.
El sistema
socioeconómico que nadie y todos construimos, tiene vida propia e instinto de
supervivencia, es resiliente, insaciable, viene a por sus creadores, se
alimenta de nuestra capacidad de generar riqueza y bienestar; y si queremos que
no nos execre, tenemos que someternos y darle ahora todo lo que tenemos más
todo lo que en el futuro tendremos. La mala noticia es que no va a parar e irá
a peor, la buena, es que podemos escoger no padecer, restarle importancia, burlarnos
de ello hasta donde sea legal, identificar el problema y saber actuar para
minimizar el machaque, y, por último, a todo el que venga a por mi riqueza,
mucha o poca, presente o futura, mandarlo largo al carajo y quedarme tan pancho.
FIN.
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