viernes, 11 de abril de 2025

 Valencia en Fallas

Valencia, 17 marzo 2025

Andrés Izquierdo 

En marzo de 2016 viví mis primeras Fallas en Valencia. Antes había oído de esta fiesta valenciana. Me lo habían descrito muchas veces, y por mucho que se esmeraron en relatármelo con lujo de detalles, nunca pude imaginar la magnitud ni la esencia de esta celebración. Hoy me avergüenzo de haber criticado neciamente las Fallas, juzgando este acervo desde mi enfoque pragmático y comparándolo equivocadamente con otras fiestas en Suramérica, llegando hasta equipararlo a las fiestas de carnaval. Mare meua!

Mi primera lección me la llevé cuando ingenuamente dije frente a unos valencianos algo sobre el “disfraz” de fallera. Con la mejor educación y respeto que pudieron, me dejaron claro que el traje de fallera no es un disfraz.

Pensé, y esto ya ni lo dije para no volver a meter la pata, que lo que hacían las falleras era un simple postureo, que no había ningún arte en ellas mismas, sino en los artesanos que las habían vestido, peinado y maquillado. En disfrazarse, exhibirse y desfilar no veía ningún mérito ni talento, concluyendo que las Fallas de Valencia eran una fiesta frívola, dispendiosa y la excusa perfecta para dejar de trabajar un par de semanas más al año.

Hizo falta vivir 10 Fallas, hasta 2025, para poder medio entender el significado de estas fiestas. A mediados de este período, me inspiré para publicar un sentido tweet en el que puse: “El día que a los valencianos ‘nos’ quiten las Fallas, seremos un chino más”. Sí, he puesto “nos”, porque mi familia y yo hemos hecho de Valencia nuestro nuevo hogar.

Hoy lo veo todo diferente, he conseguido emocionarme ante la Ofrenda a la Virgen. En este acto he compartido lágrimas y mocos con las ancianas, niños, mujeres guapas y feas, hombres de todos los pueblos de la provincia, familias enteras y gente común. He conseguido llegar a la Plaza de la Virgen a empujones, con lluvia y frío, aparcando lejos, orinándome, pero gratificado al final por ver la devoción de todo un pueblo hacia los símbolos espirituales que le dan sentido a su arraigo y a su existencia.

Las falleras no se disfrazan, se sumergen en una vivencia, encarnan una inveterada tradición, se expresan a través de su imponente y fascinante presencia. Se involucran en cada detalle de sus trajes, hablan de ello todo el año, se lo toman muy en serio, le dedican valiosos recursos, los atesoran en casa hasta que se mueren de viejas, involucran a sus hijas desde la más temprana edad. No importa si no son guapas, no va de eso. Lo que importa es revivir cada año el gentilicio de una tierra privilegiada de gente luchadora y esencialmente buena.

Al principio me molestaron los petardos día y noche; ahora, veo niños ilusionados desafiando al fuego controlado, palpitando con la traca e inhalando el victorioso aroma de la pólvora quemada. Sus caras felices, sus sonrisas y su actitud de vencedores, cada vez que explotan un cohete. Llevan orgullosos sus cajitas de madera con el tesoro pirotécnico, y en sus manitas cogen esa poderosa mecha que soplan con destreza para que no se les apague.

Hace 10 Fallas veía con rechazo la quema masiva de todas las esculturas, que tanto trabajo dinero e inspiración costaron a los falleros y contribuyentes. Me horroricé cuando me enteré que los gobiernos locales gastaban dinero de los contribuyentes en monumentos y pirotecnia que acabarían reducidos a cenizas. Hoy entiendo que, como tantas otras cosas del reino (guerra de tomates, correr delante de los toros bravos, levantar piedras por deporte, etc…) la cremá de las Fallas tiene su sentido, significado y propósito. Las que más me gustan, las contemplo con fascinación y adueñamiento porque sé que mañana ya no estarán. Se quema todo, se limpia todo, y vuelta a empezar. No se atesora (salvo al Ninot Indultat que va a un museo donde todos podrán disfrutarlo para siempre). El poder purificador del fuego cierra un ciclo, dando paso a la renovación. No me imagino el tamaño del almacén si tuviésemos que guardar las esculturas todos los años, o lo aburrido que sería si tuviésemos que repintarlas y volver a exhibirlas todos los años.

Originalmente vi las mascletás y los castillos como un derroche pagano, peligroso, ruidoso, contaminante, hostil a la fauna urbana y a los vecinos no falleros. Hoy, no quiero perderme ninguna, me voy dos horas antes para coger un buen sitio y disfrutar de la multiculturalidad, así como los primeros cohetazos de los 10 y los 5 minutos antes, que ya anuncian que la traca va a estar gorda. Cuanto más cerca mejor, que las explosiones me despeinen (aunque estoy casi calvo), que me caigan encima restos de petardos y cenizas, empujarme con la gente para que no me tapen la vista, inhalar humo y químicos que no se ven por televisión. Sentir el suelo vibrando bajo tus pies, en tiempos de paz, no tiene precio. Y ya ni hablar de la fallera mayor y la fallera infantil autorizando en coro: “Senyor pirotècnic, pot començar la mascletà".

Me quedo con la sabrosura de caminar detrás de la alegre música de bandas por las calles de los pueblos y ciudades valencianos, con el buen rollo que contagia a todos en Fallas, con los niños que van detrás de los tamborileros imitando la percusión, inequívoca señal que lo harán tan pronto puedan con el tambor, conservando así por generaciones la emoción y la alegría de consolidar una vez al año ese pegamento que une y empodera a un pueblo, dándole una identidad y un fin común. Me quedo con la emoción que siento al contemplar la imponencia de una fallera impecablemente ataviada, aunque no cante ni baile ni declame ni hable ni haga nada. Ya me conformaría con que solo me mirase. Me quedo con el colorido y la genialidad de los artistas falleros y sus colosales creaciones, con la cañita y los churros en el casal, con los turistas aprovechando las cervezas a 1 euro, llevando pañoletas, boinas, baratijas asiáticas y meándose en todos los árboles de Ruzafa. Me quedo con el compartir de la peña fallera en los casales durante todo el año, sus comidas, sus anécdotas, su hablar en valenciano y la hermandad que se construye entre vecinos. 

Vi el luto, la desolación, la incredulidad y la negación en el pueblo cuando la pandemia, en marzo de 2020, dio al traste con las Fallas. Pero como no podía ser de otra manera, en septiembre del mismo año se celebraron ex tempore, con calor y mascarillas, pero más sentidas que nunca.

Esta es mi opinión de hoy, a reserva de que en 10 años vuelva a escribir como fallero mayor (mayor por lo viejo).

FIN.

 

Valencia 11 de abril de 2025.

Andrés Izquierdo.

Apenas son las 10 de la mañana y ya han intentado hacerse con mi dinero por lo menos 10 vendedores. En el móvil, en las redes, en las aplicaciones de mi ordenador, en las vallas y autobuses de camino al trabajo, en la radio, en la tele, por teléfono y tocando la puerta de mi local. Gasto más tiempo del que quisiera rechazando cortésmente a todo el que viene a venderme algo. Me encanta comprar, no que me vendan. Quiero tener derecho a comprar solo lo que necesito y donde yo quiera. Me agobia esa sensación de que todo el mundo viene a por mi dinero, primero el gobierno, después los vendedores y hasta los ladrones (a veces difícil de diferenciar entre esas tres categorías). Ya no solo se conforman con sacarme lo que tengo en los bolsillos, sino también lo que voy a tener. ¡Disfrute ahora y pague en navidad! ¿Te suena?

Esta mañana he tocado fondo, algún “bienintencionado” empleado del BBVA programó el envío de una notificación, en el que se me informa: “Posible saldo insuficiente. Puede que en un par de semanas no tengas saldo suficiente para tus próximos cargos”.  Yo agradezco que alguien haya pensado que es bueno que yo recuerde poner dinero en mi cuenta para que puedan realizarse cargos que deberé dentro de un par de semanas. Si debo, tengo que pagar, eso está claro. Pero que me estén machacando con lo que deberé dentro de dos semanas, es un ejemplo de esa cultura que normaliza el perverso acoso económico al que todos acabamos sucumbiendo y aceptando.

La pregunta es ¿quiénes son “ellos”? ¿Quién está detrás del sistema? ¿Quién diseña y ejecuta ese sistema deshumanizante y esclavizante que nos hace empeñarnos hasta perder la salud física y mental, intentando como caballos coger la zanahoria que cuelga de la caña? No es George Soros ni los ideólogos de BlackRock ni la OMC ni nadie en particular. No hay un solo responsable. Es el constructo social que entre todos hemos creado. Cada uno en su medida ha puesto su granito de arena para que la sociedad practique, la mayoría de las veces de forma inconsciente, esa carrera circular infinita de “trabajar – ganar – gastar”, y peor aún, la alteración maluca de la fórmula, que degenera en “gastar – trabajar – ganar”. Hay quienes, por su capacidad de influenciar, tienen más responsabilidad que otros, pero al final todos hemos creado y perfeccionado el sistema socioeconómico que nos jode la vida a casi todos. Cuando le digo a un amigo que no tiene moto: “vente con la peña a viajar este verano”, lo hago desde el cariño y la buena intención, pero, sin quererlo, estoy sumando un elefante más a la tela de araña. A partir de ahora ese amigo tiene una nueva “necesidad”. En efecto, necesita una moto y un carnet para viajar con la peña. Como no tiene dinero para satisfacer esa “necesidad”, se endeuda porque él se merece ese viaje, entrando así, sin darse cuenta en el perverso bucle de la zanahoria. Y ya está, ese fue el gramito de caca que sumé a la vida de mi amigo, así formé parte de ese juego que no quiero jugar.

El rico tampoco se salva, también lo crujen, lo roban y lo persiguen, lo que pasa es que éste siempre tiene de dónde tirar; y al pobre lo mismo, pero como éste no tienen nada que quitarle, más bien se conforma con lo que la sociedad le de en caridad. Si estás realmente jodido, te ayudo, si estás fuerte, te obligo a compartir: esa es la lógica, y suena bien, pero en el medio está el currante que sufre lo peor de dos mundos. No carece de tanto, que le tengan ayudar, ni tiene tanto que no le importe que lo esquilmen. Bendito el que sea capaz de generar más riqueza de la que necesita, de tal forma que pueda ayudar a sobrevivir a otro que vino al mundo discapacitado. Bendito el sentimiento colectivo de que hay que auxiliar al que está jodido.

La publicidad engañosa, las cláusulas abusivas, la manipulación de la información, las modelos flacas, la creación de necesidades ficticias, la necesidad de aceptación social, la corrupción, la falta de valores, más una larga lista de factores, entretejen un sistema socioeconómico que crea modelos de vida, trabajo y hasta presencia personal, a los que todos quieren acceder. Es lo que hay, es la sociedad en la que vivimos, e irá a peor. Si quieres formar parte de ella, aunque no te guste, tienes que adaptarte porque ¡adivina qué!: a la sociedad no le gustan los antisociales. La sociedad no tolera que sus miembros se escaqueen, que no colaboren, que hagan ruido, que hablen muy fuerte o bajito, se vistan feo o no se vistan, hablen de más o hablen de menos, te vean mucho o no te vean, no paguen impuestos, lleguen tarde o muy temprano, en fin, hay un canal o franja de códigos sociales no escritos, por la que todos debemos pasar sí o sí, si no queremos acabar ninguneados, arruinados, encarcelados o muertos.

Nadie diseñó la sociedad, ni siquiera los filósofos griegos, la sociedad tiene vida propia y se rediseña a sí misma permanentemente, es como un monstruo cuyas células son las personas, siendo unas como las células óseas, que se llevan toda la carga, sobre las cuales se sustenta todo, y otras como células cerebrales, que dirigen, controlan y medran. De ese monstruo todos somos parte y presa a la vez.

El sistema socioeconómico que nadie y todos construimos, tiene vida propia e instinto de supervivencia, es resiliente, insaciable, viene a por sus creadores, se alimenta de nuestra capacidad de generar riqueza y bienestar; y si queremos que no nos execre, tenemos que someternos y darle ahora todo lo que tenemos más todo lo que en el futuro tendremos. La mala noticia es que no va a parar e irá a peor, la buena, es que podemos escoger no padecer, restarle importancia, burlarnos de ello hasta donde sea legal, identificar el problema y saber actuar para minimizar el machaque, y, por último, a todo el que venga a por mi riqueza, mucha o poca, presente o futura, mandarlo largo al carajo y quedarme tan pancho. FIN.

miércoles, 8 de enero de 2025

 Andrés Izquierdo. Valencia 8 de enero de 2025.

Nadie me lo ha pedido, pero quiero jugar al pitoniso con el momento político venezolano.

No voy a opinar sobre opiniones sino sobre hechos objetivamente observados.

Con el anhelo y la esperanza de estar equivocado, veo en mi bola de cristal que el señor Edmundo NO tomará el poder político en Venezuela en los próximos meses o años.

Ni leyes ni abogados ni marchas ni huelgas ni sanciones ni actas ni presión internacional ni prensa ni bailoterapia ni influencers ni rezos ni recogida de firmas ni cadenitas en redes, conseguirán, aún juntas, sacar a Maduro y su corte del poder. Todo esto ya se ha intentado sin éxito. El objetivo solo se conseguirá por la fuerza, con balas y fuego real, no hará falta mucho, pero sí un mínimo necesario para poner a correr a la pandilla de cobardes que sostienen a los tiranos.

Este mínimo de balas jamás vendrán de fuera. Ningún líder político occidental se va a mojar por los venezolanos. Iluso quien así lo está esperando. Esas balas tendrán que venir de dentro, y ahí está el problema, que los “tenedores de balas” de dentro tampoco se mojan. Por lo que a mí concierne, TODOS los militares y policías en Venezuela, por acción o por omisión son chavistas (quien no lo sea, tendrá la carga de la prueba), con lo cual no espero de ellos la iniciativa.

Don Edmundo anuncia que va a Venezuela a juramentarse el 10 de enero de 2025. Tamaña irresponsabilidad. No menor que la de MCM llamando a marchas en la víspera con familias, ancianos, niños y mascotas. Para poder juramentarse, Don Edmundo antes tiene que inmovilizar y llevar al paredón (sí, leíste bien, al paredón) al alto gobierno, al CNE, fiscalía, TSJ, alto mando militar, etc. Eso solo se consigue con un golpe militar, por la fuerza, no con civiles marchando inermes. La libertad de los venezolanos depende entonces de un puñado local de militares, policías y mercenarios de dudosa alineación política. Mala cosa. Don Edmundo tiene que ir a Venezuela primero a dar un golpe y luego a juramentarse, y, adivinen qué: los golpes no se avisan. Lo están esperando. No habrá sorpresas.

Se juramentará Maduro y el momento político pasará y se enfriará. Más adelante, cuando estén dadas las condiciones, ya se verá. De momento, nada sucederá.